sábado 21 de noviembre de 2009
Ese lugar en el que de algún modo se existe
El anuncio de mi deserción había disgustado a mi mentor, y me temo que, sin saberlo, lo que no me perdonaba era el hecho de que le hubiera resquebrajado una idea a la cual -tras esfuerzos y pesares- ya se había comenzado a acostumbrar.
Abordé su camioneta de la cual, muy pronto, pedí bajarme. No se podía con esa atmósfera de muda reprobación irreflexiva, reprobación unánime. Entendía poco de mi posición: se sentía defraudado y eso lo fastidiaba. Cualquier cosa que yo añadiera iba a sonarle a fraude.
El vehículo se detuvo en un semáforo y aproveché para abrir la puerta con morosidad deliberada. No dudo que él interpretaría la codificación dramatizada de que iría a buscar el más próximo bar para refundirme en él. Pero lo que dominó fue el aire de hartazgo recíproco. Así, me alejé sin miradas de reclamo, sin más comentarios. Una lluvia débil, a punto de acabarse, me mojó la cara: una caricia que recibía como si la hubiese invocado con plegarias.
Este contacto tan leve me produjo una felicidad momentánea que me hizo - no sé por qué- volverme hacia la camioneta y sonreírle de todo corazón. El intercambio de miradas no se prolongó: tomé mi camino anticipándome al cambio de luces en la esquina.
Regresé al mundo para perfilarme - tras unos cuantos pasos ciegos y siempre certeros - en el camino hacia ese lugar en el que de algún modo se existe.
Me situé sin distracción en el borde de ansiedad y desencanto que dos semanas antes había propiciado el encierro.
Sería inexacto decir que había ansiado la libertad; más bien ansiaba mi yugo personal, el que me da peso específico.
Algo así le había planteado a Randell en la carta que resolvió nuestra extenuante separación (ese prolongado paréntesis durante el que fingimos desapego, sólo para volver a unirnos).
Vislumbro que el pasaje decisivo de la carta era aquél en el que reiteraba mi renuncia a lo que se toma como libertad, algo tan insípido y abstracto. Le decía a Randell: "¿Has visto la mirada de los perros que andan sueltos por la calle, sin dueño, sin collar? Me temo que andar así de extraviados no nos conduce a ser libres; casi diría que la libertad requiere de cadenas o mecates, no muy asfixiantes, claro. Pero sin la referencia del árbol o poste al que estamos sujetos, o a la medida de la cadena que nos ata, nunca vamos a enterarnos del valor de nuestra libertad: los dos necesitamos coordenadas, lo sepas o no. Trata de ver, desde lo alto, el diseño infinito que dejan tus movimientos alrededor del árbol".
No recuerdo cómo terminaba, pero sí tengo muy viva la sensación tajante de la respuesta de Randell. A las siete páginas de mi carta contestaba con siete letras que formaban dos palabras: "I´m yours"
Al día siguiente miramos el horizonte desde la altura del panteón inglés, pero ninguno de los dos sospechaba o quería aceptar que yo estaba requebrajada y a punto del desplome. De ahí que su partida para trabajar fuera del país fuese un episodio sin acentos emocionales.
Al salir por fin a las calles, encontré que las calles estaban vacías. No era por la lluvia; la lluvia cesó en seguida, pero el cielo nunca se aclaró; las nubes se espesaron con un gris inclemente y opaco. Era una de esas fechas que sin afán de ironía llaman festivas: todo desierto, todo callado. El clima se me presentaba tan cercano al de una vieja pesadilla: la claridad del cielo desaparece sin avisar; anoche de un instante a otro mientras repaso calles quietas y sin gente en busca de mi verdadera casa; recorro calles conocidas hasta agotar las posibilidades del barrio, de la ciudad que siempre había sido mi aliada. Y no, no encuentro la casa, ni siquiera la calle, la placa de la calle, el número de la casa, el zaguán, el timbre. Y sigue oscureciendo en la fábula en el que me tocó ser un personaje que no persigue moraleja alguna.
Respirar hondo - me repetía - y no ceder ante el rencor, que ya comienza a acecharme. Desapareciendo la opresión del recinto anfractuoso, hasta el modo de tomar aire me había cambiado de cuajo.
Sabía imposible reparar el desvarío llamado David, un pasaje que la piel misma me había definido como ajeno. Ahora preferiría orillarme a mi propio desfiladero. Como equilibrista gocé posándome en el filo de ese cable acerado que no perdona los trastabilleos: fue un arrullo que no sabría explicar. En ese balanceo encontraba mi cara y me la podía reconocer y cifrar como en el reflejo intermitente pero nítido; podría considerar de nuevo mis rasgos, elegirlos o dibujarlos con mis propias manos, reconstruírme.
¿Reconstruírme?, no sé. Tal vez sólo desperté para impedir que me siguieran golpeando. Quien sabe si antes existía.
Abordé su camioneta de la cual, muy pronto, pedí bajarme. No se podía con esa atmósfera de muda reprobación irreflexiva, reprobación unánime. Entendía poco de mi posición: se sentía defraudado y eso lo fastidiaba. Cualquier cosa que yo añadiera iba a sonarle a fraude.
El vehículo se detuvo en un semáforo y aproveché para abrir la puerta con morosidad deliberada. No dudo que él interpretaría la codificación dramatizada de que iría a buscar el más próximo bar para refundirme en él. Pero lo que dominó fue el aire de hartazgo recíproco. Así, me alejé sin miradas de reclamo, sin más comentarios. Una lluvia débil, a punto de acabarse, me mojó la cara: una caricia que recibía como si la hubiese invocado con plegarias.
Este contacto tan leve me produjo una felicidad momentánea que me hizo - no sé por qué- volverme hacia la camioneta y sonreírle de todo corazón. El intercambio de miradas no se prolongó: tomé mi camino anticipándome al cambio de luces en la esquina.
Regresé al mundo para perfilarme - tras unos cuantos pasos ciegos y siempre certeros - en el camino hacia ese lugar en el que de algún modo se existe.
Me situé sin distracción en el borde de ansiedad y desencanto que dos semanas antes había propiciado el encierro.
Sería inexacto decir que había ansiado la libertad; más bien ansiaba mi yugo personal, el que me da peso específico.
Algo así le había planteado a Randell en la carta que resolvió nuestra extenuante separación (ese prolongado paréntesis durante el que fingimos desapego, sólo para volver a unirnos).
Vislumbro que el pasaje decisivo de la carta era aquél en el que reiteraba mi renuncia a lo que se toma como libertad, algo tan insípido y abstracto. Le decía a Randell: "¿Has visto la mirada de los perros que andan sueltos por la calle, sin dueño, sin collar? Me temo que andar así de extraviados no nos conduce a ser libres; casi diría que la libertad requiere de cadenas o mecates, no muy asfixiantes, claro. Pero sin la referencia del árbol o poste al que estamos sujetos, o a la medida de la cadena que nos ata, nunca vamos a enterarnos del valor de nuestra libertad: los dos necesitamos coordenadas, lo sepas o no. Trata de ver, desde lo alto, el diseño infinito que dejan tus movimientos alrededor del árbol".
No recuerdo cómo terminaba, pero sí tengo muy viva la sensación tajante de la respuesta de Randell. A las siete páginas de mi carta contestaba con siete letras que formaban dos palabras: "I´m yours"
Al día siguiente miramos el horizonte desde la altura del panteón inglés, pero ninguno de los dos sospechaba o quería aceptar que yo estaba requebrajada y a punto del desplome. De ahí que su partida para trabajar fuera del país fuese un episodio sin acentos emocionales.
Al salir por fin a las calles, encontré que las calles estaban vacías. No era por la lluvia; la lluvia cesó en seguida, pero el cielo nunca se aclaró; las nubes se espesaron con un gris inclemente y opaco. Era una de esas fechas que sin afán de ironía llaman festivas: todo desierto, todo callado. El clima se me presentaba tan cercano al de una vieja pesadilla: la claridad del cielo desaparece sin avisar; anoche de un instante a otro mientras repaso calles quietas y sin gente en busca de mi verdadera casa; recorro calles conocidas hasta agotar las posibilidades del barrio, de la ciudad que siempre había sido mi aliada. Y no, no encuentro la casa, ni siquiera la calle, la placa de la calle, el número de la casa, el zaguán, el timbre. Y sigue oscureciendo en la fábula en el que me tocó ser un personaje que no persigue moraleja alguna.
Respirar hondo - me repetía - y no ceder ante el rencor, que ya comienza a acecharme. Desapareciendo la opresión del recinto anfractuoso, hasta el modo de tomar aire me había cambiado de cuajo.
Sabía imposible reparar el desvarío llamado David, un pasaje que la piel misma me había definido como ajeno. Ahora preferiría orillarme a mi propio desfiladero. Como equilibrista gocé posándome en el filo de ese cable acerado que no perdona los trastabilleos: fue un arrullo que no sabría explicar. En ese balanceo encontraba mi cara y me la podía reconocer y cifrar como en el reflejo intermitente pero nítido; podría considerar de nuevo mis rasgos, elegirlos o dibujarlos con mis propias manos, reconstruírme.
¿Reconstruírme?, no sé. Tal vez sólo desperté para impedir que me siguieran golpeando. Quien sabe si antes existía.
sábado 20 de junio de 2009
Del exterminio democrático de la democracia
"El hombre experimenta mayor atracción por el mal que por el bien; el temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón(...). Todos los hombres aspiran al dominio y ninguno renunciará a la opresión si pudiera ejercerla. Todos o casi todos estan dispuestos a sacrificar los derechos de los demás por sus intereses"
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